Separaciones I
Cierto es que, sin duda alguna, las relaciones sentimentales de alguna estrella de la farándula no se caracterizan por ser el ejemplo de la estabilidad. Menos aún cuando esta estrella se llama Britney Spears, quien durante sus primeros años de popularidad sostuvo entre sus fans el dogma de su virginidad perpetua, para venir a confesar años más tarde que era un bien perdido en sus tiempos de amistad con Christina Aguilera y su posterior ex novio Justin Timberlake. Una Britney Spears que en una aún poco esclarecida noche de copas se casó con un amigo bailarín para divorciarse menos de 48 horas después y volver a contraer matrimonio al poco tiempo con Kevin Federline, a quien le dio dos hijos cuya diferencia de edad era a duras penas la establecida por la cuarentena del primer parto (desde luego, quién puede aguantar más de 40 días con Britney acostada al lado).Más allá de aquel refrán popular de que "un caballero no tiene memoria", que haría del todo reprochable la actitud de Federline, este tipo de acciones dan pie para una reflexión acerca de las reacciones de una pareja ante su separación.
Probablemente el hecho de no haber tenido una pareja hasta el momento me haga sobrevalorar esa situación, pero ante los conflictos de pareja hay situaciones que para mí son inconcebibles empezando por el divorcio. No quiero hacer una reflexión religioso-moralista acerca de que el matrimonio es una institución inspirada por Dios para el mantenimiento de una familia, etc., etc. Simplemente me cuesta entender que después de que la mujer (o el hombre, en muchos casos) ha jurado y perjurado ante sus amigos, su familia, la ley y sus dioses (sean cuales sean, desde los griegos hasta el Dios único e indivisible judío, Alá o la Santísima Trinidad) que la persona con la que están vinculándose son el amor de su vida, llegan a la conclusión "repentina" de que eso no es lo que buscaban en su vida.






